La noche que soñé con Ekron-Dagan: un relato desde dentro del Continuus Nexus

 

No fue un sueño cualquiera. No fue uno de esos viajes mentales confusos que se disuelven con la primera luz de la mañana. Aquella noche, en mi apartamento de Chapinero Alto, desperté con el corazón acelerado y la sensación física de haber estado en otro lugar. Un lugar que, hasta entonces, solo conocía por las páginas de Tolmarher: Ekron-Dagan.

En el Continuus Nexus, Ekron-Dagan es más que un sector del espacio. Es una herida abierta en la realidad, un límite donde las leyes que conocemos empiezan a desmoronarse. Y allí estuve. O al menos, mi mente lo estuvo.

El borde del abismo

En mi sueño, viajaba en una nave pequeña, con los motores vibrando como si fueran tambores lejanos. Afuera, el espacio estaba plagado de luces que no eran estrellas: destellos que se encendían y apagaban como si respiraran. Sabía que estaba llegando al borde, porque las coordenadas del panel coincidían con las que Mayra menciona en La Exomante.

Y entonces lo vi: un muro de oscuridad que no era ausencia de luz, sino una sustancia viva. Se movía lentamente, como un océano negro, y me di cuenta de que no era un muro… era algo que me observaba.

Voces en la estática

Las comunicaciones de la nave empezaron a emitir un murmullo. No era interferencia. Eran voces. Algunas me hablaban en un idioma que no entendía, otras repetían frases que recordaba haber leído en Eternum, La Conjunción Infernal. Palabras como ususdahur y arcontes surgían y se repetían, como si fueran claves para abrir una puerta invisible.

Lo más perturbador fue escuchar mi propio nombre susurrado, como si Ekron-Dagan me conociera.

Las ruinas flotantes

Me acerqué a una estructura colosal, rota, que flotaba sin anclaje en el vacío. No era una estación ni una nave. Era un templo, o lo que quedaba de él. Las paredes estaban cubiertas de símbolos que recordaban a los glifos precolombinos, mezclados con patrones que había visto en códices mesopotámicos.

Me acerqué tanto que pude sentir una vibración bajo mi piel, como si el lugar me reconociera y aprobara mi llegada.

El despertar

No recuerdo haber regresado. Solo recuerdo abrir los ojos en mi cama, con la lluvia golpeando el vidrio y las manos temblando. El reloj marcaba las 3:27 de la madrugada, y sobre mi mesa había un cuaderno abierto en una página donde, la noche anterior, había garabateado sin pensar… las mismas coordenadas que vi en el sueño.

Desde entonces, no he dejado de pensar que Ekron-Dagan no es solo un lugar ficticio. Que tal vez, como todo buen lector del Continuus Nexus sospecha, hay puntos de conexión entre nuestro mundo y el de Tolmarher. Y que una noche, sin previo aviso, puedes cruzar.

Comentarios

Entradas populares de este blog

El Khabal y las grandes casas de Juego de Tronos: poder, traición y destino

Mayra y Paul Atreides: dos mesías en arenas distintas