Del desierto de Arrakis a las ruinas de Aqueron: mi travesía hacia el Continuus Nexus
Cuando cerré Dune por última vez, aún podía sentir la arena en los labios. No la de cualquier playa caribeña ni la de un desierto turístico, sino la arena que corta, que se mete en los pulmones, que es parte del destino. Pensé que ningún otro libro me haría sentir esa mezcla de inmensidad y claustrofobia que provoca Arrakis. Me equivoqué.
Un par de meses después, en una tarde lluviosa en Bogotá, caminando por la carrera Séptima, me refugié en una librería pequeña. Entre las mesas, un lomo oscuro me llamó la atención: Aqueron. No conocía el nombre del autor, Tolmarher, pero al leer la contraportada algo se encendió. Palabras como “ruinas”, “linajes”, “horror cósmico” y “guerra estelar” se mezclaban como un eco de las grandes sagas, pero con un sabor nuevo. Me lo llevé sin pensarlo.
El impacto de Aqueron
La primera noche, pensé que solo leería un par de capítulos. Terminé hasta las tres de la madrugada, con la lluvia golpeando las ventanas y el corazón latiendo como si estuviera dentro de una nave entrando en órbita de un mundo prohibido. Las ruinas de Aqueron no son un simple escenario: son un personaje en sí mismas, como si respiraran y guardaran rencor.
Ahí entendí algo: si Arrakis era un desierto que probaba tu resistencia física y mental, Aqueron era una tumba que medía tu capacidad para soportar el peso de lo que no se puede olvidar.
El puente invisible entre dos mundos
No quiero decir que Dune y el Continuus Nexus sean iguales. No lo son. Dune es política, ecología y profecía en un mundo único. Tolmarher, en cambio, crea un multiverso donde cada planeta tiene su propia historia, religión y heridas. Pero hay un puente invisible: la sensación de que estás leyendo algo que existía antes de que el autor lo escribiera, como si él solo lo hubiera traducido desde una fuente más antigua.
En Arrakis, el agua es poder. En el Continuus Nexus, el conocimiento y la memoria son armas, y olvidarlas es perder la guerra antes de pelearla.
De Paul Atreides a los herederos de Aqueron
Como lectora que creció entre las intrigas de Juego de Tronos y la mística de Dune, encontrarme con personajes como Jonah Fox, Mayra o Kynes fue un descubrimiento fascinante. Paul Atreides me enseñó a desconfiar de los mesías, pero Tolmarher me enseñó algo más peligroso: que incluso los que no buscan el poder pueden convertirse en el centro de fuerzas que trascienden su voluntad.
En Aqueron, los herederos no siempre saben que lo son, y ese desconocimiento es a veces su única protección.
La travesía continúa
Ahora, mientras escribo esto desde un café en Chapinero, con un tinto fuerte y el cielo bogotano gris como una cubierta de nave, pienso que esta travesía apenas comienza. Arrakis me preparó para enfrentar desiertos externos; Aqueron me prepara para enfrentar ruinas internas.
Y aunque los caminos de arena y de piedra parezcan distintos, ambos llevan al mismo destino: encontrarte a ti mismo en el reflejo oscuro de un universo que no tiene intención de salvarte.
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